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Elizabeth Bishop -Cape Breton-
Monday, April 10, 2006
Cape Breton
Elizabeth Bishop (EEUU, 1902-1988)

Out on the high "bird islands," Ciboux and Hertford,
the razorbill auks and the silly-looking puffins all stand
with their backs to the mainland
in solemn, uneven lines along the cliff's brown grass-frayed edge,
while the few sheep pastured there go "Baaa, baaa."
(Sometimes, frightened by aeroplanes, they stampede
and fall over into the sea or onto the rocks.)
The silken water is weaving and weaving,
disappearing under the mist equally in all directions,
lifted and penetrated now and then
by one shag's dripping serpent-neck,
and somewhere the mist incorporates the pulse,
rapid but unurgent, of a motor boat.

The same mist hangs in thin layers
among the valleys and gorges of the mainland
like rotting snow-ice sucked away
almost to spirit; the ghosts of glaciers drift
among those folds and folds of fir: spruce and hackmatack—
dull, dead, deep pea-cock colors,
each riser distinguished from the next
by an irregular nervous saw-tooth edge,
alike, but certain as a stereoscopic view.

The wild road clambers along the brink of the coast.
On it stand occasional small yellow bulldozers,
but without their drivers, because today is Sunday.
The little white churches have been dropped into the matted hills
like lost quartz arrowheads.
The road appears to have been abandoned.
Whatever the landscape had of meaning appears to have been abandoned,
unless the road is holding it back, in the interior,
where we cannot see,
where deep lakes are reputed to be,
and disused trails and mountains of rock
and miles of burnt forests, standing in gray scratches
like the admirable scriptures made on stones by stones—
and these regions now have little to say for themselves
except in thousands of light song-sparrow songs floating upward
freely, dispassionately, through the mist, and meshing
in brown-wet, fine torn fish-nets.

A small bus comes along, in up-and-down rushes,
packed with people, even to its step.
(On weekdays with groceries, spare automobile parts, and pump parts,
but today only two preachers extra, one carrying his frock coat on a hanger.)
It passes the closed roadside stand, the closed schoolhouse,
where today no flag is flying
from the rough-adzed pole topped with a white china doorknob.
It stops, and a man carrying a bay gets off,
climbs over a stile, and goes down through a small steep meadow,
which establishes its poverty in a snowfall of daisies,
to his invisible house beside the water.

The birds keep on singing, a calf bawls, the bus starts.
The thin mist follows the white mutations of its dream;
an ancient chill is rippling the dark brooks.


Cabo Bretón

En las altas «islas de los pájaros», Ciboux y Hertford,
las alcas y los «frailecillos», de un aspecto ridículo, están todos de espaldas a tierra firme
en filas solemnes e irregulares a lo largo del borde marrón y cubierto de yerba del despeñadero,
mientras las pocas ovejas que allí pastan dicen «Béee, béee.»
(A veces, asustadas por los aviones, se precipitan al mar o caen sobre las rocas.)
El agua, sedosa, continuamente teje,
desapareciendo bajo la bruma en todas direcciones por igual,
la levanta y la penetra a ratos
el cuello serpenteado y chorreante de los corvejones,
y en algún lugar la bruma incorpora el pulso,
veloz pero inurgente, de un bote de motor.

Esa misma bruma cuelga en capas delgadas,
por los valles y desfiladeros de la tierra firme,
cual escarcha derritiéndose reducida
casi al espíritu; los fantasmas de los glaciares van a la deriva
entre los numerosos rebaños de pinos: abetos y alerces—
colores chatos, apagados, y subidos como los de pavos reales,
cada rama se distingue de la otra
por su filo irregular e inquieto como el de una sierra,
pero certero, como la mira de un estereoscopio—.

La peligrosa carretera se encarama por e borde del litoral.
De vez en cuando se ven pequeños tractores amarillos,
pero sin sus conductores, porque hoy es domingo.
Las pequeñas iglesias blancas han sido colocadas sobre las esteradas colinas
cual perdidas puntas de flecha de cuarzo.
La carretera parece abandonada.
Lo que podía significar el paisaje parece abandonado,
a no ser que la carretera lo esté escondiendo hacia el interior,
adonde no llega nuestra vista,
famoso por sus lagos de gran profundidad
y veredas desusadas y montañas rocosas
y millas de bosques quemados que parecen raspaduras grises
como las admirables inscripciones hechas con piedras,
sobre las piedras— y estas comarcas tienen muy poco que ofrecer
salvo las miles de alegres melodías de los gorriones cantores,
que flotan hacia lo alto,
libre y serenamente, atravesando la bruma y enredándose
en las redes delgadas y rotas de los pescadores, que la
humedad ha pintado de marrón—

Un minibús se aproxima, avanzando a brincos,
abarrotado de gente hasta el estribo.
(Durante los días de semana trae víveres, piezas de repuesto para autos y piezas para las bombas mecánicas,
pero hoy sólo trae dos predicadores más, uno de ellos lleva la levita en un colgador de ropa.)
Pasa la tiendita cerrada, la escuela cerrada,
donde hoy no ondea bandera alguna
en el asta de madera debastada, con una perilla de porcelana blanca por remate.
Se detiene y un hombre con un bebé al hombro baja,
brinca un postigo, y cruza una pequeña pradera en cuesta
que declara su pobreza con una nevada de margaritas,
hacia su casa, que no puede verse, frente al mar.

Los pájaros siguen cantando, un becerro berrea, el minibús comienza la marcha,
la tenue bruma persigue el llamado
de las blancas mutaciones de su sueño;
un frío antiguo riza las oscuras quebradas.

Versión de Orlando José Hernández

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posted by Alfil @ 4:12 PM  
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